2010 December 6

Y sí. Este año yo fui uno de esos puntos de colores.

Este es el breve relato de 4 horas y poco más de 7 minutos inolvidables. Hoy quiero escribir sobre esta intensa experiencia para compartirla con todos los que se alegraron conmigo por haberlo conseguido.
 
Hace apenas unos días volábamos sobre el océano que fue testigo hace mucho tiempo del viaje de unos cuantos hombres valerosos en busca de nuevas rutas y horizontes. Yo tuve la fortuna de compartir el vuelo DL127 de Delta Airlines, de Madrid a Nueva York, con un puñado de valientes embarcados en la conquista de un sueño.

La lluvia, el frío y el viento que nos recibirían en Nueva York sabíamos que no iban a detener nuestras ilusiones.

Apunta el primer domingo de noviembre. Apenas he podido dormir más de dos horas. Tres de la madrugada. La noche se hace eterna  y el desvelo se apodera de mí. A las cinco y media de la madrugada me dispongo a subir a uno de los cientos de autobuses que trasladan a los más de 45000 corredores hasta Staten Island.

Amanece una soleada pero muy fría mañana de otoño en la ciudad de los rascacielos. La temperatura bajo cero y el viento del norte superior a 20km/h nos anuncian que no será una aventura fácil. Más de tres horas de espera en una especie de campamento militar al aire libre ubicado bajo el puente Verrazano. Lugar para los últimos preparativos, avituallamiento, calentamiento, reflexión. Se puede palpar el nerviosismo. Percibes una extraña sensación de soledad entre tanta gente. Momentos para recordar a los que están y a los que faltan.

Quedan instantes para la salida, el frío es intenso. Cruzo la mirada con una mujer canadiense que me dice “I’m afraid” (Tengo miedo) a lo que respondo con la mejor de mis sonrisas, “es la hora de la verdad, a esto hemos venido, éste es nuestro sueño”. Dos puntuales cañonazos a las 10:30 y la música de New York, New York, nos pusieron en el camino de nuestras ilusiones.

Cruzar el que, durante años, fue el puente colgante más largo del mundo, es algo inolvidable. La brisa congelaba nuestra respiración. A la izquierda barcos parecían rendirnos honores y, al fondo, la estatua de la Libertad nos saludaba con el brazo en alto. Sólo el ruido de nuestras pisadas nos acompañaba. Nada podía hacernos imaginar, al menos no de ese modo, que poco después de la salida de aquel puente nos esperaban miles, cientos de miles de personas.

Los kilómetros transcurrían en Brooklyn entre una ola de gente variopinta. Recuerdo especialmente todos esos niñitos negros, hispanos y orientales que esperaban tu paso con la mano levantada. Algunos en los brazos de sus padres. Casi escondidos debajo del gorro y la bufanda. Cada vez que chocaba las cinco en una de esas manos, cada vez que escuchaba en su boca mi nombre, que llevaba impreso en la camiseta, sentía un impulso que me ayudaba a correr sin apenas esfuerzo. Y creedme si os digo que no dejé sin chocar ninguna de esas manos.

Escoltados a ambos lados de la ruta por bandas de música, bomberos y policías. Y banderas. Y carteles con leyendas de ánimo para los corredores. Pude ver a lo largo del recorrido a padres abrazando a sus hijos, a hombres y mujeres encontrándose con sus parejas. A amigos, a abuelas. Es imposible sentirse sólo.

En la milla ocho, al doblar una curva a la derecha encontré a la alegría envuelta en la bandera de mi país, agitada por un entusiasta grupo de españolas, me quité los guantes y seguí corriendo.

Y en menos de dos horas había cubierto la mitad del recorrido, entraríamos en Queens con más de veintiún kilómetros de emociones que ya habían dibujado en mi rostro una sonrisa difícil de borrar.

Pronto cruzaríamos el tantas veces tarareado puente sobre aguas turbulentas, el Queens Borough Bridge, para cruzar a Manhattan. Allí nos esperaba el corazón de la gran manzana con su majestuosa Primera Avenida. Nada hacía presagiar los momentos más duros de la carrera. Allí había abandonado tan sólo unos minutos antes la leyenda Haile Gebrselassie. Una avenida de más de ocho carriles. Sombra en toda la calzada. Gélido viento del norte. Miles de personas a ambos lados. Te hace sentirte muy pequeño. La Primera Avenida es larga, muy larga, inmensamente larga, interminable. Todavía muchos kilómetros por delante.

Tomé fuerzas con los plátanos que amablemente nos ofrecían algunos espectadores. Llegaríamos al Bronx tras escalar el puente Willis. Allí quedaban muchos intentando recuperarse de los calambres. Era la hora de la verdad. Superado el kilómetro treinta. Sabía que nada me podría detener. Esperaba al tío del mazo con los puños cerrados. Apreté los dientes. No estaban ni el muro ni la tan temida pared. Entonces fue cuando sentí el aliento de todos los que os habíais ilusionado con mi sueño.

Enfilé los últimos diez kilómetros por la Quinta Avenida esperando descubrir pronto el Central Park. Y llegó. Corredores que ya no podían más empujados por el incansable ánimo del público. Podía sentir la adrenalina corriendo por mis venas. Mi corazón bombeaba alegría y entusiasmo confundiendo al pulsómetro. Acariciaba el sueño.

Apenas poco más de cinco kilómetros en el parque. No quería llegar. No quería que aquello terminase.


Nos acercábamos a la meta, ralenticé mi paso. Tenía que disfrutar de ese momento. El tiempo era lo de menos y aún así inferior a lo que había previsto. Apunté con mi dedo índice hacia arriba. Señalando al cielo. Ese cielo que besé, desde donde me aplaudían los que ya no están.

Quería llorar. Me abracé con un alemán que cruzó la meta por mi izquierda. Recogí la medalla. La apreté con fuerza. El sueño se había hecho realidad. Atrás quedaba el dolor de ese dedo roto con el que tomé la salida, las ampollas de los pies que me habían acompañado durante el último mes de entrenamientos. Los sacrificios y los sinsabores, todos esos tragos amargos. Atrás todos esos momentos de soledad.

Recogimos una bolsa de avituallamiento y, arropados por una manta térmica, emprendimos una marcha silenciosa en busca de uno entre las decenas de camiones que contenían nuestros objetos personales. Después continuamos en silencio un kilómetro más hasta la salida del Central Park. Tras realizar unos breves estiramientos, opté por no cambiarme de ropa. Envuelto en la manta térmica y orgulloso de la medalla que colgaba en mi pecho, decidí no perderme el espectáculo que suponían aquellos ríos de gente en los alrededores del parque. Caminaba hacía el hotel a unos cuatro kilómetros de allí. Compartí con Manuel, andorrano, unos pasos hasta su hotel, compartiendo la alegría de la hazaña. Hablando de la vida. De lo que nos había llevado hasta allí. De lo que vendría después.

Atravesé dando un rodeo la plaza Columbus dejando que la noche me abrazase. El dolor de mis piernas y el frío no apagaban mi sonrisa, mientras algunas personas que a mi paso se cruzaban, me felicitaban.

Llegué a Lexington con la 50St. Crucé la calle y allí estaba ella, mi supporter favorita, alguien que creyó en mi sueño incluso a veces más que yo. Un alma blanca. Aún puedo oír el eco de sus aplausos entre los rascacielos de Manhattan. Detuvimos el tráfico fundiéndonos en un abrazo de esos que no se acaban nunca. De esos que nunca quieres que se acaben. Habían pasado más de doce horas desde que crucé esa calle también de noche y el tiempo se detuvo en ese instante. Fue sólo un momento.

Atrás quedaban más de 42 kilómetros hechos sólo con mis piernas. Atrás quedaban meses de recorrido y cientos de kilómetros empujados por un corazón que había latido con pasión. Ahora mi nombre, mi puesto 17322 y mi tiempo 04:07:41, sellados en el especial del New York Times.

Correr un maratón ha supuesto una oportunidad, algo más que un desafío.

No puedo olvidar a ese negro minusválido, escoltado por dos hombres de la organización, que empujaba marcha atrás su silla de ruedas en el kilómetro cinco. O aquella mujer asiática con una pierna de titanio que adelanté en la milla siete. O aquella anciana con dos bastones que apenas caminaba. Desde aquí mi admiración a aquellos que hacen de su vida diaria un reto personal. Vuestro ejemplo es ahora mi aliento para seguir luchando anónimamente día a día.

Me siento orgulloso de pertenecer ya a esa raza de valientes en busca de nuevos horizontes.

Os llevé conmigo en la mochila cargada de recuerdos. Mochila que ahora os traigo llena de momentos mágicos.

Dedico la conquista de este sueño primero a quien creyó en él antes que yo. A los que de corazón me animasteis a lograrlo. A los que de verdad os alegrasteis de que lo consiguiera. A los que desde la distancia habéis corrido conmigo. A quien me enseñó a soñar. A quien me acompañó los mejores años de mi vida. A quien ahora corre a mi lado. Y especialmente a mis hijos porque deseo que comprendan que el esfuerzo y el sacrificio tienen recompensa.

Alguien sabio me dijo una vez que el mundo no es para los que piensan que pueden hacer algo, sino para los que lo hacen. Y es cierto también que todos los hombres mueren; pero no todos los hombres viven.

4 horas, 7 minutos y 41 segundos que valen por una eternidad.
            
                                         
  
  
 
                                                                                                                         New York, New York - Pies para qué os quiero
                                                                                                                        (Blog de Susana Basterrechea en La Voz de Galicia)
            
Comments