Autor: Ricardo Ros 5 abril 2011


Llamamos trampas vitales a aquellos esquemas erróneos que marcan nuestra actuación y 
que hacen que una y otra vez reproduzcamos nuestros errores de conducta, haciendo que fracasemos repetidamente en las mismas cosas.

Son patrones equivocados que normalmente hemos aprendido durante nuestra infancia y que nos parece imposible que puedan ser cambiados.

Parece como si estos patrones de conducta formaran parte de nosotros mismos, fueran intrínsecos a nuestra manera de ser. Cuando luchamos contra ellos nunca logramos vencerlos y por eso parecen ser cada vez más y más fuertes.

Estos fracasos por combatirlos lo único que hacen es confirmarnos que es inútil luchar contra ellos y que debemos acomodarnos a vivir así.

Estas trampas vitales dominan nuestros sentimientos y marcan efectivamente nuestras relaciones con los demás. Establecen cómo pensamos, sentimos y actuamos impidiéndonos saborear nuestras vidas como se merecen.

Pero ¿por qué nos empeñamos en repetir estas conductas erróneas que lo único que hacen es provocarnos dolor? ¿Por qué nos empeñamos en repetirlas si sabemos que no nos benefician y que sólo nos causan sufrimiento?

Es muy común encontrar actitudes de este tipo que se transmiten de generación en generación: el niño golpeado de pequeño de mayor golpeará a sus hijos, el hijo del alcohólico que de mayor se convierte en alcohólico, el maltratado que al crecer se convierte en maltratador, etc.

Por una extraña razón que escapa incluso a la comprensión de los estudiosos, tendemos a reproducir en la vida adulta aquellos patrones que fueron tan perjudiciales para nosotros en la infancia. ¿Por qué tendemos a repetir las cosas que sabemos que nos hacen daño, que nos perjudican?

Existe en la propia naturaleza humana una doble tendencia: la que nos impulsa a disfrutar de las cosas, a deleitarnos con los placeres que se nos brindan , y por otra parte a nuestra propia autodestrucción, a hacer cosas que nos perjudican, que nos hacen daño, que nos hacen sufrir.

Además las trampas vitales suelen tener otro compañero inseparable: la rutina.

Sentirse mal termina convirtiéndose en algo normal, nos acostumbramos a nuestra desdicha. Además tenemos miedo de cambiar esta situación porque pensamos que, si lo hacemos, todo puede empeorar. (El refranero popular suele decirnos: Más vale malo conocido que bueno por conocer). Tememos más la novedad que romper con una situación viciada.

Muchos matrimonios rotos no se atreven a separarse porque temen más la incertidumbre de una nueva vida sin el otro, que mantener una mala relación conyugal.

El tratamiento de estas trampas vitales suele centrarse en analizar en profundidad aquellas causas que han originado el establecimiento de estos patrones erróneos.

En muchas ocasiones podemos sorprendernos de que la mayoría de estos patrones han sido establecidos por una equivocada valoración de la realidad cotidiana. Es decir, personas con trastornos graves de conducta, con trampas vitales realmente preocupantes, sin posibilidad aparente de abandonar estas actitudes equivocadas, suelen tener en el fondo una visión distorsionada de la realidad más cotidiana.

Podemos decir que detrás de estas trampas vitales se encuentran miedos, fobias, frustraciones asociadas a cosas aparentemente inocuas para el resto de las personas.

La superación de la mayoría de estas trampas vitales pasa por una “reeducación” del sujeto, que debe aprender a apreciar el mundo de otro modo, con otros ojos, aprendiendo a tener otra visión, quizás más benévola, menos dañina, de la realidad que nos rodea.

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